Tenía once sistemas para organizar mi vida —notas, tareas, un mapa de vida, automatizaciones— y ninguno se hablaba con los otros. El problema nunca fue construir más: era integrar.
Así nació LifeOS, mi sistema operativo de vida. Lo junté todo bajo una regla que lo ordenó: Supabase como única fuente de verdad estructurada y Obsidian como memoria narrativa, unidos por un servidor propio que conecta los dos cerebros —el de mi laptop y el de la nube—.
Hoy vive en la nube, se actualiza solo cada noche y guarda 706 notas, mi diario de más de 70 días casi sin huecos y una red de 1.410 personas. No es un cajón donde acumulo cosas: es un sistema que las conecta y me responde cuando tengo que decidir.
